La losa, la sombra y el perdón
“La losa, la sombra y el perdón”
Hay una losa en mi patio.
Una losa de 6 por 11 metros que cubre no solo tierra, sino recuerdos.
Antes de que esa losa existiera, ahí había vida.
Dos fresnos y un ceibo.
Tres árboles que eran sombra, refugio, nido, testigos de meriendas, charlas, siestas en hamaca paraguaya, y de los descansos de mis perros.
Ahí se acurrucó Tomy, luego Homero, hoy lo hacen Colincha y Chiquita.
El día que los sacamos, lloré.
Lloré como se llora a un ser querido.
Y aún hoy, cada vez que miro esa losa, duele.
No por lo que está, sino por lo que ya no está.
No hay vuelta atrás. Ya no están.
Ya los maté. Y eso, aunque suene duro, es lo que siente mi alma.
Nunca más darán sombra. Nunca más serán esa frisa fresca del atardecer.
Y me pregunto una y otra vez: ¿cómo permití eso en ese momento?
Pero acá estoy.
Aprendiendo a mirar esa losa de otra forma.
Porque aunque no sepa aún qué será de ese espacio, sé que algo se está gestando.
Tal vez no lo soñé de esta forma.
Tal vez no lo hubiera elegido así.
Pero la vida es una mezcla extraña entre decisiones, consecuencias, y misterios que solo el tiempo revela.
Plantar un paraíso, una bauhinia y un naranjo fue mi forma de decirle a esos árboles: “gracias, perdón, y te sigo amando”.
No puedo volver atrás.
Pero puedo elegir qué crecerá sobre esa herida.
Puedo hacer de la culpa un puente, y no una cárcel.
Y confiar en que todo —todo— pasa por algo.
Incluso lo que nos parte, incluso lo que no entendemos.
Quizás esa losa sea hoy una herida…
pero mañana, quizás, sea el suelo firme de algo que aún no alcanzo a imaginar.

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