Nada es casualidad.
Hace más de un mes sabía que tendría una semana sola en casa, encargándome de mis tareas y mi trabajo. En medio de esa rutina, me nació la idea de invitar a mis amigas de la infancia a compartir una noche juntas: primero una clase de yoga, y luego una cena y charlas.
Era como un pequeño ritual que quería crear, un espacio para reconectar, para estar, simplemente, presentes.
El día llegó, y con él, la protagonista de esta historia decidió, a último momento, que quería venir a la clase. Me alegré profundamente. Había preparado un tema que resonaba en mí, en este momento de mi vida: la gratitud. Quería que esa energía circulara, que tocara corazones, que nos recordara agradecer todo lo que somos y todo lo que tenemos.
Cuando la vi llegar, la abracé y me sentí llena de expectativa. Ella no era habitual en mis clases, y por un instante mi mente dudó: ¿le gustará? ¿se sentirá cómoda?
Durante la relajación, me acerqué a ella casi sin pensarlo. Sentí que debía hacerlo. Le sostuve los hombros, le hice unos mimos en los brazos, le acaricié el pelo y la cabeza. Había algo en el aire, una sensación que no terminaba de entender, pero que me pedía simplemente estar presente.
Y entonces, al finalizar la clase, ella se acercó, me abrazó fuerte, con un llanto contenido, y me contó que la música que había sonado durante la relajación era la misma que su papá le hacía escuchar cuando era chica.
En ese momento lo entendí todo. Por algo había sentido la necesidad de acercarme. Por algo tenía que estar ahí, acompañándola, conteniendo sin palabras.
Me quedé maravillada, con esa sensación de que la vida tiene formas misteriosas de tejer sus hilos. Que cuando uno sigue la intuición, cuando uno abre el corazón, las piezas encajan solas. Nada es casualidad. Todo tiene sentido.
La noche siguió con la compañía de otras amigas, compartiendo charlas y risas. Se le notaba la calma, la gratitud, la ligereza en su rostro.
Y comprendí, una vez más, que cuando uno enseña, también aprende. Cuando uno da, también recibe.
Ese vínculo, que viene de la infancia, se fortaleció aún más: un lazo invisible que atraviesa el tiempo, que nos separa en la cotidianidad pero que siempre nos vuelve a unir.
💫 Porque hay amistades que no necesitan presencia diaria.
Hay lazos que existen en los encuentros pequeños, en los gestos sutiles, en la música que despierta recuerdos dormidos.
Y esos lazos, cuando llegan, nos recuerdan quiénes somos… y nos recuerdan quiénes fuimos.
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