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Los roles y la identidad

Pasamos gran parte de la vida aprendiendo a cumplir roles. Ser hijos, ser alumnos, ser pareja, ser padres, ser trabajadores responsables. Cada etapa parece traer un papel nuevo que debemos aprender a sostener. Y lo hacemos lo mejor que podemos. Nos enseñan desde chicos que ser buenos en la vida es justamente eso: cumplir bien con lo que se espera de nosotros. Ser responsables. Estar presentes. Hacer lo correcto. Con el tiempo vamos construyendo una identidad hecha de esos lugares que ocupamos. Soy madre. Soy profesora. Soy pareja. Soy hija. Pero a veces, en algún momento del camino, aparece una pregunta silenciosa. No llega de golpe. No hace ruido. Simplemente se instala. ¿Quién soy yo más allá de todo eso? Porque los roles organizan la vida, pero no necesariamente revelan la esencia de una persona. Los roles hablan de lo que hacemos, de las responsabilidades que asumimos, de los vínculos que sostenemos. Pero la identidad profunda suele ir por otro lado. Durante muchos años estamos ocu...

Las metas también pueden ser cumplidas al contrario

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Hay caminos que no siguen el orden del folleto. El mío no lo siguió nunca. Cuando otros bailaban la adolescencia, yo me vestí de esposa a los 14. Cuando tocaba descubrir el mundo, ya sostenía una vida entre brazos a los 15. La secundaria llegó después, como llega lo verdadero: cuando una está lista. Dicen que todo tiene su tiempo. Yo aprendí que el tiempo también se puede dar vuelta como un mate bien cebado. A los 40 empecé a estudiar. Y no paré más. Un curso, un taller, una pregunta nueva. Porque el conocimiento no envejece, se expande. Y porque compartir lo aprendido es una forma profunda de amar. Hoy, a los 54, no estoy cerrando nada. Estoy abriendo. Abriendo una etapa que muchos temen y yo abrazo. Menopausia, sí. Cuerpo que cambia, sí. Pero también claridad, fuerza, criterio y una belleza que ya no pide permiso. Hice todo al revés, dicen. Yo digo: lo hice a mi manera. Y acá estoy, demostrando —con hechos, no con slogans— que se puede estar bien, vital, presente y en paz en esta eda...

Cuando seguimos viendo al que ya no es "

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 🌕 “Cuando seguimos viendo al que ya no es” Hay juicios que se lanzan como piedras y quedan suspendidos en el aire, esperando caer… pero a veces nunca caen. Se quedan flotando sobre la cabeza de alguien que hace tiempo ya no es el mismo. Qué injusto es cuando seguimos mirando a las personas con los ojos del pasado. Cuando no vemos su cambio, su aprendizaje, su nueva piel. Los encasillamos en un momento, en un error, en una versión que ya murió. Y sin querer, los mantenemos prisioneros de algo que ellos ya superaron. A veces pienso que juzgar es como negarle al otro su derecho a renacer. Como si dijéramos: “No importa lo que ahora seas, porque yo ya decidí quién fuiste.” Pero las almas evolucionan. Las heridas enseñan. El tiempo pule. Y quien hoy vuelve a intentarlo, quien pide perdón, quien se reconstruye… merece que lo miremos con ojos nuevos. Cada ser humano debería tener el derecho de volver a empezar sin cargar con las etiquetas que otros le colgaron. Porque nadie es el mismo ...

Cuando las abuelas se reúnen, el tiempo baja la voz

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Nos juntamos tres abuelas con nuestros nietos. Éramos diecinueve niños y niñas, y tres mujeres con historia en las manos. No para entretener, sino para compartir. Para dejarles una herencia invisible, de esas que no se heredan por sangre sino por presencia. Ojalá algún día la sigan pasando, como se pasan las cosas importantes: sin apuro. La tarde empezó con lo simple, que siempre es lo más grande. Pileta, juegos, risas que salpican, cuerpos mojados y el sol acompañando. Los niños jugaban libres, entregados al momento. Y nosotras, las abuelas, estábamos ahí: atentas a cada brinco, a cada carcajada, a cada sonrisa. Cuidando sin invadir, mirando con ese amor que no necesita hacer ruido. Antes del fogón, la hamburguesada a la parrilla. Manos ocupadas, charlas sueltas, risas mezcladas con el humo. Comimos sin apuro, compartiendo el momento, sin mirar el reloj, porque cuando la presencia es plena, el tiempo deja de mandar. Después, prendimos el fogón. El fuego nos reunió en ronda, como se re...

Cuando sentimos que no avanzamos.

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 🌕 Cuando sentimos que no avanzamos… A veces la vida nos pide pausa. Nos confunde con su silencio, nos sacude con su lentitud. Pero ahí, justo ahí, está naciendo algo nuevo. Hay días en los que el alma se inquieta. Queremos que los sueños se cumplan ya, que el esfuerzo tenga su recompensa, que lo que tanto imaginamos empiece a tomar forma. Y cuando eso no sucede, nos invade una mezcla de ansiedad y desánimo. Sabemos el para qué, pero no encontramos el cómo. Entonces el ánimo se va nublando, se vuelve un peso diario que, si no lo atendemos, termina instalándose dentro nuestro. Y ahí es cuando necesitamos hacer algo distinto. Hoy, por ejemplo, sentí esa misma inquietud. Y en vez de quedarme en casa dándole vueltas al pensamiento, salí a caminar. Sin metas, sin reloj, sin auriculares. Solo yo, el sonido de mis pasos y el aire que me recordaba que seguir en movimiento también es avanzar. Caminar me ordena. Es mi manera de volver al presente, de darle espacio a la vida para que me mues...

Nada es casualidad.

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 Hace más de un mes sabía que tendría una semana sola en casa, encargándome de mis tareas y mi trabajo. En medio de esa rutina, me nació la idea de invitar a mis amigas de la infancia a compartir una noche juntas: primero una clase de yoga, y luego una cena y charlas. Era como un pequeño ritual que quería crear, un espacio para reconectar, para estar, simplemente, presentes. El día llegó, y con él, la protagonista de esta historia decidió, a último momento, que quería venir a la clase. Me alegré profundamente. Había preparado un tema que resonaba en mí, en este momento de mi vida: la gratitud. Quería que esa energía circulara, que tocara corazones, que nos recordara agradecer todo lo que somos y todo lo que tenemos. Cuando la vi llegar, la abracé y me sentí llena de expectativa. Ella no era habitual en mis clases, y por un instante mi mente dudó: ¿le gustará? ¿se sentirá cómoda? Durante la relajación, me acerqué a ella casi sin pensarlo. Sentí que debía hacerlo. Le sostuve los homb...

Caminar en la naturaleza: un regreso a lo esencial.

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Caminar una hora entre los árboles es mucho más que un ejercicio físico. Es una caricia para el alma. En primavera, el aire se llena de perfumes que despiertan recuerdos antiguos: el aroma de los eucaliptos, el jazmín silvestre, la tierra húmeda después de la lluvia. Cada paso nos conecta con la vida que renace, con el verde que se expande y se multiplica en mil tonos, con el canto de los pájaros que anuncian que el ciclo comienza otra vez. A veces me detengo a tomar permiso a la Pachamama para sacar una flor. Otras veces me detengo a sacar alguna foto o simplemente a escuchar, a sentir y a permitir que me impregne toda esa energía del universo. En esos instantes, el tiempo se detiene y uno recuerda quién es, de dónde viene y qué verdaderamente importa. Caminar en la naturaleza no solo fortalece el cuerpo; aquieta la mente y armoniza las emociones. Nos invita a observar, a respirar más lento, a encontrar belleza en lo simple. A veces la sabiduría está en reducir la velocidad, en detene...