Cuando las abuelas se reúnen, el tiempo baja la voz
Nos juntamos tres abuelas con nuestros nietos. Éramos diecinueve niños y niñas, y tres mujeres con historia en las manos. No para entretener, sino para compartir. Para dejarles una herencia invisible, de esas que no se heredan por sangre sino por presencia. Ojalá algún día la sigan pasando, como se pasan las cosas importantes: sin apuro. La tarde empezó con lo simple, que siempre es lo más grande. Pileta, juegos, risas que salpican, cuerpos mojados y el sol acompañando. Los niños jugaban libres, entregados al momento. Y nosotras, las abuelas, estábamos ahí: atentas a cada brinco, a cada carcajada, a cada sonrisa. Cuidando sin invadir, mirando con ese amor que no necesita hacer ruido. Antes del fogón, la hamburguesada a la parrilla. Manos ocupadas, charlas sueltas, risas mezcladas con el humo. Comimos sin apuro, compartiendo el momento, sin mirar el reloj, porque cuando la presencia es plena, el tiempo deja de mandar. Después, prendimos el fogón. El fuego nos reunió en ronda, como se re...