Carta a la niña del campo


 Carta a la niña del campo:


Querida niña de cabellos al viento,

Hoy volví a verte.


Pedaleé entre caminos de tierra y de memorias hasta llegar a esa tranca vieja que un día fue la puerta de todos tus sueños.

No crucé. No quise interrumpir el silencio que vos aún habitás.


Desde afuera, te vi.

Corriendo entre los senderos anchos, trepando árboles que parecían tocar el cielo, riendo con tus primas bajo el alero donde el abuelo sintonizaba historias en su radio de mano.


Todo seguía ahí.

La cocina de leña perfumando los inviernos.

El llamado a las vacas que resonaba como una canción del alma.

La huerta, la pileta, el patio de las gallinas, las carreras sin miedo.


Te vi, pequeña mía, tan inmensa en tu inocencia.

Hoy los caminos me parecen más cortos, los árboles más bajos, los espacios más pequeños…

Pero vos, vos seguís siendo grande.

Inmensa.


Me quedé de pie frente al portón, y el corazón me tembló de ternura.

Qué libre eras.

Qué feliz eras, sin saberlo, en esos días sin tiempo ni culpas.


Hoy quiero abrazarte desde este cuerpo de mujer.

Decirte que todo lo que fuiste sigue latiendo en mí.

Que tus risas me sostienen cuando el mundo pesa.

Que tus raíces me recuerdan quién soy cuando el viento sopla fuerte.


Gracias por habitarme, por enseñarme, por recordarme que la verdadera grandeza no está en los metros recorridos, sino en la mirada que sabe ver belleza en lo simple.


Hoy, frente a esa tranca antigua, entendí que volver no es retroceder:

es abrazar las semillas que nos dieron forma.

Y florecer.


Porque al final, no somos más que eso:

un puñado de recuerdos,

un eco de risas antiguas,

una niña que aún corre descalza en algún rincón del alma.


Y en cada regreso, en cada mirada hacia atrás,

no volvemos al pasado.

Volvemos a casa.


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