Volver a conectar:" Un Viaje con sentido"


 Viajar siempre deja recuerdos, algunos nítidos y otros que, aunque no puedan describirse con precisión, se guardan en el corazón. Y este viaje a Tucumán fue de esos que se sienten más allá de las palabras.

En esos días conocimos gente nueva, recorrimos Tafí del Valle, hicimos un paseo hasta Yerbabuena y nos dimos cuenta de que la ciudad no es para nosotras. Subir a un micro en Tucumán es una aventura en sí misma: gente que entra, que sale, paradas repletas de historias y ese ritmo acelerado que me recordó por qué prefiero la tranquilidad de otros paisajes.

Pero Tafí… Tafí tiene su propio ritmo, su yunga, su gente. Allí disfrutamos de pequeñas cosas que se volvieron grandes recuerdos: las empanadas de mondongo y carne, las bombas de papa rellena, y las caminatas por sus negocios con la simple alegría de observar la vida local. No nos faltó nuestra querida lata de cerveza negra, esa que tanto nos gusta a Celeste y a mí, que dio lugar a charlas, risas, emociones y, sobre todo, un relax absoluto.

Una noche especial fue la de la peña, donde el dueño del hostel nos regaló zambas con su guitarra, llenando el ambiente de una calidez que solo la música puede dar. También visitamos a Ángela, una mujer autosustentable que nos inspiró con su forma de vida. No hicimos mucho en términos de turismo, pero nos llevamos una sensación clara: la de volver.

En contraste, la ciudad de Tucumán no me atrapó tanto. La feria, sí, con sus colores y recuerdos de otras vacaciones, pero en general, la experiencia urbana me reafirmó lo que ya sabía: prefiero la calma. Nos reímos, caminamos, charlamos, descansamos y, sobre todo, vivimos en el aquí y ahora, disfrutando cada instante sin expectativas ni apuros.

Este viaje tuvo un significado especial. Fue un viaje de amigas, pero también de primas. Nos criamos juntas, compartimos infancias y risas, hasta que la vida nos llevó a casarnos con dos hermanos. Luego, vinieron los cambios: me separé y, de alguna manera, también se separó nuestra amistad. Pasaron muchos años en los que cada una eligió su rumbo, formó su historia y vivió sus propias batallas.

Hoy, el tiempo nos vuelve a unir, pero desde otra mirada. Ahora somos abuelas, ya hicimos nuestro trabajo, ya sembramos lo que teníamos que sembrar. Hoy, simplemente, disfrutamos. Y este viaje fue un reflejo de esa intención: reencontrarnos con nosotras mismas y con la complicidad que nunca se perdió del todo.

Porque viajar entre ejes es paz, es tranquilidad, es paciencia, es introspección… es, en definitiva, como deberíamos vivir la vida: en total calma y serenidad.



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