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La vida entre lo que soñamos y lo que elegimos

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Hay una etapa de la vida en la que muchas personas descubren algo incómodo: no todos los sueños llegan al mismo tiempo, y algunos quizás nunca lleguen exactamente como fueron imaginados. Durante años aprendieron a luchar, a salir de la zona de confort, a no conformarse, a perseguir aquello que parecía faltar. Les enseñaron que siempre había que ir por más, cambiar, avanzar, reinventarse. Y muchas veces eso les dio fuerza para atravesar etapas difíciles, construir proyectos, sostener vínculos y seguir adelante aun cuando la vida dolía. Pero con el tiempo aparece otra verdad, más silenciosa y menos nombrada. La de entender que vivir en estado de búsqueda permanente también cansa. Porque llega un momento en que el alma deja de preguntarse solamente “qué más puedo lograr” y empieza a preguntarse algo mucho más profundo: “¿Dónde puedo descansar?” Y entonces nace una contradicción difícil de explicar. Todavía existen sueños, deseos pendientes, lugares por conocer, versiones...

Volver a elegir

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Hay un momento en los vínculos en el que el amor deja de apoyarse solamente en lo visible. Al principio casi todo sucede desde las formas. Desde lo que cada uno muestra. Las palabras correctas, las versiones más luminosas de uno mismo, los gestos que intentan agradar, encajar o ser suficientes para el otro. Pero el tiempo siempre termina haciendo su trabajo. La vida empieza a correr las máscaras lentamente. Aparecen los cansancios, las heridas, las inseguridades, las contradicciones, las partes menos perfectas que nadie enseña en el comienzo. Y muchas veces es ahí donde algunos vínculos se rompen, porque sostener la ilusión resulta más fácil que aprender a mirar de verdad. Pero también existen otros encuentros. Esos en los que alguien decide quedarse un instante más. Mirar más profundo. Atravesar las capas. Y descubrir que detrás de todas las estructuras que una persona construyó para protegerse, todavía sigue existiendo algo genuino esperando ser visto. Quizás...

Los roles y la identidad

Pasamos gran parte de la vida aprendiendo a cumplir roles. Ser hijos, ser alumnos, ser pareja, ser padres, ser trabajadores responsables. Cada etapa parece traer un papel nuevo que debemos aprender a sostener. Y lo hacemos lo mejor que podemos. Nos enseñan desde chicos que ser buenos en la vida es justamente eso: cumplir bien con lo que se espera de nosotros. Ser responsables. Estar presentes. Hacer lo correcto. Con el tiempo vamos construyendo una identidad hecha de esos lugares que ocupamos. Soy madre. Soy profesora. Soy pareja. Soy hija. Pero a veces, en algún momento del camino, aparece una pregunta silenciosa. No llega de golpe. No hace ruido. Simplemente se instala. ¿Quién soy yo más allá de todo eso? Porque los roles organizan la vida, pero no necesariamente revelan la esencia de una persona. Los roles hablan de lo que hacemos, de las responsabilidades que asumimos, de los vínculos que sostenemos. Pero la identidad profunda suele ir por otro lado. Durante muchos años estamos ocu...

Las metas también pueden ser cumplidas al contrario

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Hay caminos que no siguen el orden del folleto. El mío no lo siguió nunca. Cuando otros bailaban la adolescencia, yo me vestí de esposa a los 14. Cuando tocaba descubrir el mundo, ya sostenía una vida entre brazos a los 15. La secundaria llegó después, como llega lo verdadero: cuando una está lista. Dicen que todo tiene su tiempo. Yo aprendí que el tiempo también se puede dar vuelta como un mate bien cebado. A los 40 empecé a estudiar. Y no paré más. Un curso, un taller, una pregunta nueva. Porque el conocimiento no envejece, se expande. Y porque compartir lo aprendido es una forma profunda de amar. Hoy, a los 54, no estoy cerrando nada. Estoy abriendo. Abriendo una etapa que muchos temen y yo abrazo. Menopausia, sí. Cuerpo que cambia, sí. Pero también claridad, fuerza, criterio y una belleza que ya no pide permiso. Hice todo al revés, dicen. Yo digo: lo hice a mi manera. Y acá estoy, demostrando —con hechos, no con slogans— que se puede estar bien, vital, presente y en paz en esta eda...

Cuando seguimos viendo al que ya no es "

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 🌕 “Cuando seguimos viendo al que ya no es” Hay juicios que se lanzan como piedras y quedan suspendidos en el aire, esperando caer… pero a veces nunca caen. Se quedan flotando sobre la cabeza de alguien que hace tiempo ya no es el mismo. Qué injusto es cuando seguimos mirando a las personas con los ojos del pasado. Cuando no vemos su cambio, su aprendizaje, su nueva piel. Los encasillamos en un momento, en un error, en una versión que ya murió. Y sin querer, los mantenemos prisioneros de algo que ellos ya superaron. A veces pienso que juzgar es como negarle al otro su derecho a renacer. Como si dijéramos: “No importa lo que ahora seas, porque yo ya decidí quién fuiste.” Pero las almas evolucionan. Las heridas enseñan. El tiempo pule. Y quien hoy vuelve a intentarlo, quien pide perdón, quien se reconstruye… merece que lo miremos con ojos nuevos. Cada ser humano debería tener el derecho de volver a empezar sin cargar con las etiquetas que otros le colgaron. Porque nadie es el mismo ...

Cuando las abuelas se reúnen, el tiempo baja la voz

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Nos juntamos tres abuelas con nuestros nietos. Éramos diecinueve niños y niñas, y tres mujeres con historia en las manos. No para entretener, sino para compartir. Para dejarles una herencia invisible, de esas que no se heredan por sangre sino por presencia. Ojalá algún día la sigan pasando, como se pasan las cosas importantes: sin apuro. La tarde empezó con lo simple, que siempre es lo más grande. Pileta, juegos, risas que salpican, cuerpos mojados y el sol acompañando. Los niños jugaban libres, entregados al momento. Y nosotras, las abuelas, estábamos ahí: atentas a cada brinco, a cada carcajada, a cada sonrisa. Cuidando sin invadir, mirando con ese amor que no necesita hacer ruido. Antes del fogón, la hamburguesada a la parrilla. Manos ocupadas, charlas sueltas, risas mezcladas con el humo. Comimos sin apuro, compartiendo el momento, sin mirar el reloj, porque cuando la presencia es plena, el tiempo deja de mandar. Después, prendimos el fogón. El fuego nos reunió en ronda, como se re...

Cuando sentimos que no avanzamos.

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 🌕 Cuando sentimos que no avanzamos… A veces la vida nos pide pausa. Nos confunde con su silencio, nos sacude con su lentitud. Pero ahí, justo ahí, está naciendo algo nuevo. Hay días en los que el alma se inquieta. Queremos que los sueños se cumplan ya, que el esfuerzo tenga su recompensa, que lo que tanto imaginamos empiece a tomar forma. Y cuando eso no sucede, nos invade una mezcla de ansiedad y desánimo. Sabemos el para qué, pero no encontramos el cómo. Entonces el ánimo se va nublando, se vuelve un peso diario que, si no lo atendemos, termina instalándose dentro nuestro. Y ahí es cuando necesitamos hacer algo distinto. Hoy, por ejemplo, sentí esa misma inquietud. Y en vez de quedarme en casa dándole vueltas al pensamiento, salí a caminar. Sin metas, sin reloj, sin auriculares. Solo yo, el sonido de mis pasos y el aire que me recordaba que seguir en movimiento también es avanzar. Caminar me ordena. Es mi manera de volver al presente, de darle espacio a la vida para que me mues...