Cuando las abuelas se reúnen, el tiempo baja la voz
Nos juntamos tres abuelas con nuestros nietos.
Éramos diecinueve niños y niñas, y tres mujeres con historia en las manos.
No para entretener, sino para compartir.
Para dejarles una herencia invisible, de esas que no se heredan por sangre sino por presencia.
Ojalá algún día la sigan pasando, como se pasan las cosas importantes: sin apuro.
La tarde empezó con lo simple, que siempre es lo más grande.
Pileta, juegos, risas que salpican, cuerpos mojados y el sol acompañando.
Los niños jugaban libres, entregados al momento.
Y nosotras, las abuelas, estábamos ahí:
atentas a cada brinco,
a cada carcajada,
a cada sonrisa.
Cuidando sin invadir,
mirando con ese amor que no necesita hacer ruido.
Antes del fogón, la hamburguesada a la parrilla.
Manos ocupadas, charlas sueltas, risas mezcladas con el humo.
Comimos sin apuro, compartiendo el momento,
sin mirar el reloj,
porque cuando la presencia es plena, el tiempo deja de mandar.
Después, prendimos el fogón.
El fuego nos reunió en ronda, como se reunían antes las familias.
Honramos a la Pachamama con los cuatro elementos:
la tierra que nos sostiene,
el fuego que transforma,
el aire que nos habita,
el agua que nos recuerda fluir.
Cada abuela se reunió con sus nietos.
En una ronda íntima, cada uno pudo soltar al fuego algo que no le gustaba, algo que pesaba.
Y también atesorar una palabra:
una palabra presente, positiva, viva.
Una de esas que, cuando se nombra, se vuelve raíz.
Y en ese mismo fogón, sin separar lo sagrado de lo simple,
cada uno buscó su palito.
Los malvaviscos se arrimaron al fuego,
girando despacio,
entre risas, paciencia y miradas atentas.
Porque también ahí, en lo pequeño y dulce,
se construyen los recuerdos que abrigan.
Dormimos en carpas.
La noche nos envolvió como un manto antiguo.
Al amanecer, las abuelas despertamos primero.
Salimos a mirar cómo nace el día, en silencio, agradecidas.
El sol asomando lento, como si supiera que nadie lo estaba apurando.
Durante el día fuimos testigos del nacimiento de una chicharra.
Todo el proceso.
La vida mostrando que transformarse lleva tiempo,
y que nada verdadero ocurre de golpe.
No hubo grandes discursos.
No hizo falta explicar nada.
Hubo gestos simples:
una mirada atenta,
un fuego compartido,
una ronda,
una palabra cuidada,
una presencia que abriga.
Tal vez eso sea lo que, como abuelas, podemos dejar.
No cosas,
no certezas,
sino momentos verdaderos.
Ojalá algún día, cuando ya no estemos,
ellos recuerden una tarde cualquiera
en la que se sintieron vistos,
cuidados,
amados.
Y que ese recuerdo —simple, tibio, silencioso—
les quede guardado en el corazón
para toda la vida.
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