Volver a elegir

Hay un momento en los vínculos en el que el amor deja de apoyarse solamente en lo visible.

Al principio casi todo sucede desde las formas.
Desde lo que cada uno muestra.
Las palabras correctas, las versiones más luminosas de uno mismo, los gestos que intentan agradar, encajar o ser suficientes para el otro.

Pero el tiempo siempre termina haciendo su trabajo.

La vida empieza a correr las máscaras lentamente.
Aparecen los cansancios, las heridas, las inseguridades, las contradicciones, las partes menos perfectas que nadie enseña en el comienzo.
Y muchas veces es ahí donde algunos vínculos se rompen, porque sostener la ilusión resulta más fácil que aprender a mirar de verdad.

Pero también existen otros encuentros.

Esos en los que alguien decide quedarse un instante más.
Mirar más profundo.
Atravesar las capas.
Y descubrir que detrás de todas las estructuras que una persona construyó para protegerse, todavía sigue existiendo algo genuino esperando ser visto.

Quizás amar conscientemente tenga más que ver con eso que con cualquier idea romántica.

Con aprender a reconocer al otro más allá de sus personajes.
Más allá de lo que aparenta controlar.
Más allá de las versiones que creó para sobrevivir, para ser aceptado o simplemente para no mostrar sus fragilidades.

Y entonces sucede algo extraño y profundamente humano:
cuando finalmente las máscaras empiezan a caer, en lugar de desaparecer el amor… aparece una elección más verdadera.

Porque ya no se ama solamente la imagen.
Se empieza a amar la esencia.

Y tal vez ahí nazca el vínculo más real de todos:
cuando alguien logra mirar el alma del otro sin disfraces, sin perfección y sin promesas irreales…
y aun así decide volver a elegirlo.

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