Cuando sentimos que no avanzamos.


 🌕 Cuando sentimos que no avanzamos…


A veces la vida nos pide pausa. Nos confunde con su silencio, nos sacude con su lentitud. Pero ahí, justo ahí, está naciendo algo nuevo.


Hay días en los que el alma se inquieta.

Queremos que los sueños se cumplan ya, que el esfuerzo tenga su recompensa, que lo que tanto imaginamos empiece a tomar forma.

Y cuando eso no sucede, nos invade una mezcla de ansiedad y desánimo.

Sabemos el para qué, pero no encontramos el cómo.


Entonces el ánimo se va nublando, se vuelve un peso diario que, si no lo atendemos, termina instalándose dentro nuestro.

Y ahí es cuando necesitamos hacer algo distinto.


Hoy, por ejemplo, sentí esa misma inquietud.

Y en vez de quedarme en casa dándole vueltas al pensamiento, salí a caminar.

Sin metas, sin reloj, sin auriculares.

Solo yo, el sonido de mis pasos y el aire que me recordaba que seguir en movimiento también es avanzar.


Caminar me ordena.

Es mi manera de volver al presente, de darle espacio a la vida para que me muestre el siguiente paso.

No todo se logra empujando; a veces se logra respirando.


Y hay otro gesto que me ayuda mucho: decir “stop” a mi mente.

Como si presionara un botón invisible y le dijera “basta por ahora”.

Ese pequeño silencio, aunque dure unos segundos, me permite resetearme.

Y en esa pausa aparece la claridad que tanto buscaba cuando estaba corriendo.


Otra cosa que me ayudó fue tomar una clase de yoga.

En el mat sentí muchas emociones diferentes: calor, frío, incomodidad.

Pero al conectarme con la respiración, volví al centro.

Volví a mi eje.


También me ayuda escribir lo que siento.

Poner en palabras lo que late adentro me ancla en el presente y me recuerda que todo es parte del camino.


Y últimamente incorporé algo más:

esperar el amanecer y mirar al sol directamente, sin anteojos, durante unos minutos, dejando que su luz entre en mis ojos, en mi piel y en mi alma.

Mientras camino, siento cómo esa energía se abre paso dentro de mí,

me limpia, me llena de vitalidad y me conecta con algo superior.


Esa práctica me aporta calma mental, mejora mi estado de ánimo, despierta mi creatividad y me recuerda que pertenezco a algo más grande que mis pensamientos.

El sol, cada mañana, me recuerda que todo vuelve a empezar,

que incluso cuando siento que no avanzo, la vida sí lo hace.


A veces también me ayuda hablarlo con alguien de confianza.

Hacer catarsis.

Poner en palabras eso que pesa, sin filtros.

Porque cuando uno se escucha diciendo en voz alta lo que siente,

se da cuenta de que muchas veces lo que parecía enorme en la mente,

no merece tanto poder sobre el corazón.


Hablar, escucharse, soltar…

y en ese simple acto, cambiar la mirada.


A veces sentimos que los años pasan y que no vamos a llegar a ser todo lo que soñamos…

pero nada es imposible.

Solo hay que confiar.


A veces hay que detenerse, no para rendirse, sino para mirar desde otra perspectiva:

¿Dónde estoy parada?

¿Hacia dónde quiero ir?


Y entonces me viene a la mente algo que aprendí en coaching:

“Las cosas son como son, no como yo quisiera que sean.”

Aceptar eso me da paz.

Me permite parar, respirar y aceptar que hoy, las cosas están así.

Solo por hoy.

Sin dejar de soñar, sin dejar de creer, sin dejar de andar.


Porque a veces el alma también necesita descansar para poder volver a volar.


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