Los roles y la identidad
Pasamos gran parte de la vida aprendiendo a cumplir roles.
Ser hijos, ser alumnos, ser pareja, ser padres, ser trabajadores responsables. Cada etapa parece traer un papel nuevo que debemos aprender a sostener.
Y lo hacemos lo mejor que podemos.
Nos enseñan desde chicos que ser buenos en la vida es justamente eso: cumplir bien con lo que se espera de nosotros. Ser responsables. Estar presentes. Hacer lo correcto.
Con el tiempo vamos construyendo una identidad hecha de esos lugares que ocupamos.
Soy madre.
Soy profesora.
Soy pareja.
Soy hija.
Pero a veces, en algún momento del camino, aparece una pregunta silenciosa.
No llega de golpe. No hace ruido.
Simplemente se instala.
¿Quién soy yo más allá de todo eso?
Porque los roles organizan la vida, pero no necesariamente revelan la esencia de una persona. Los roles hablan de lo que hacemos, de las responsabilidades que asumimos, de los vínculos que sostenemos. Pero la identidad profunda suele ir por otro lado.
Durante muchos años estamos ocupados viviendo hacia afuera: trabajando, criando, resolviendo, sosteniendo estructuras que nos contienen a nosotros y también a otros.
No hay nada de malo en eso.
De hecho, gran parte del sentido de la vida se construye allí.
Pero llega un momento —a veces después de muchos años— en que la vida se aquieta un poco y aparece espacio para otra mirada.
Una mirada hacia adentro.
Entonces surge una pregunta que antes no tenía lugar:
¿Cuánto de mi vida lo viví cumpliendo roles… y cuánto viviendo quien realmente soy?
No es una pregunta que busque culpas ni arrepentimientos.
Es una pregunta de conciencia.
Porque conocerse a uno mismo no siempre es el punto de partida de la vida. Muchas veces es el resultado de haberla vivido.
Las experiencias, las responsabilidades, los vínculos, las crisis, los cambios… todo eso va moldeando algo dentro de nosotros que, en algún momento, empieza a querer ser escuchado.
Tal vez por eso muchas personas comienzan a preguntarse quiénes son realmente cuando ya han recorrido buena parte del camino.
No necesariamente porque hayan llegado tarde, sino porque recién entonces tienen la perspectiva suficiente para mirar su propia historia con claridad.
Quizás la vida no estaba diseñada para que primero nos conozcamos y después vivamos.
Quizás primero vivimos… y después comprendemos.
Y tal vez ese sea uno de los descubrimientos más honestos que puede hacer una persona.
Comentarios
Publicar un comentario