Caminar en la naturaleza: un regreso a lo esencial.
Caminar una hora entre los árboles es mucho más que un ejercicio físico. Es una caricia para el alma.
En primavera, el aire se llena de perfumes que despiertan recuerdos antiguos: el aroma de los eucaliptos, el jazmín silvestre, la tierra húmeda después de la lluvia. Cada paso nos conecta con la vida que renace, con el verde que se expande y se multiplica en mil tonos, con el canto de los pájaros que anuncian que el ciclo comienza otra vez.
A veces me detengo a tomar permiso a la Pachamama para sacar una flor. Otras veces me detengo a sacar alguna foto o simplemente a escuchar, a sentir y a permitir que me impregne toda esa energía del universo.
En esos instantes, el tiempo se detiene y uno recuerda quién es, de dónde viene y qué verdaderamente importa.
Caminar en la naturaleza no solo fortalece el cuerpo; aquieta la mente y armoniza las emociones. Nos invita a observar, a respirar más lento, a encontrar belleza en lo simple. A veces la sabiduría está en reducir la velocidad, en detenerse para mirar una flor o escuchar el viento.
Ahí —en esa pausa, en ese instante de presencia— comprendemos que el equilibrio no se busca afuera: se cultiva adentro, paso a paso.
Y entonces aparece esa felicidad simple, profunda, que no necesita razones.
Caminar es volver a nosot
ros mismos.

Comentarios
Publicar un comentario