La raíz de lo verdadero...
Hace tiempo tomé una decisión que, aunque parezca simple, marcó un antes y un después en mi manera de verme y de estar en el mundo: dejé que mis canas salieran a la luz.
Al principio fue una necesidad de descanso. Pero pronto entendí que era mucho más que eso: era un acto de autenticidad.
Mirarme al espejo y ver esa raíz blanca no fue solo ver un cambio físico. Fue encontrarme con una parte de mí que había estado esperando ser reconocida. Esa soy yo. Así, al natural. Sin filtro. Sin tapar lo que el tiempo me regaló.
Por supuesto, vinieron las miradas ajenas. Los consejos no pedidos: “no te tiñas más”, “te vas a ver más grande”, “no te queda mal, pero…”. Esos “peros” cargados de juicio disfrazado de sugerencia. Y ahí entendí que lo difícil no era ver mis canas, sino sostenerme firme cuando el afuera tambaleaba mi decisión.
Porque dejarse las canas no es solo dejar de teñirse. Es mirarse y abrazarse. Es dejar de luchar con el tiempo. Es entender que la belleza real tiene textura, historia y valentía.
No se trata de una moda ni de un manifiesto. Se trata de volver a casa, a la casa interior. Esa donde no hay que maquillarse para gustar, ni disimular para encajar.
Se trata de reconciliarme con lo que soy: mujer, tiempo, raíz, cambio… y verdad.
Hoy mis canas no me apagan, me iluminan.
Me recuerdan que no vine a gustarle a todos. Vine a ser yo.
Y desde esa raíz, florezco.

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