Homero, el que siempre estuvo...
Homero, el que siempre estuvo
Por Uma Luna
Homero vivió 18 años con nosotros. Fue más que un perro: fue testigo de la vida.
Vio crecer a mis hijos, correr entre juguetes y travesuras, presenció nuestras charlas eternas, nuestras risas, nuestros silencios.
Fue compañía leal en días de sol y consuelo mudo en los días grises.
Pasaron los años, y como todos, envejeció.
Sus patas empezaron a tropezar, su andar se hizo lento, se caía sin poder levantarse. Hasta que un día llamamos a la veterinaria para saber cómo seguir. Lo medicó, y Homero mejoró un montón. Volvió un poco el brillo a sus ojos, y con eso, algo en mí también hizo clic.
Ver su mejora me hizo reconocer que, a veces, la medicina es necesaria. Y gracias a él, me animé a aceptar un tratamiento con un neurólogo para mi insomnio.
Él me enseñó que también se puede recibir ayuda, confiar, soltar el control y dejarse cuidar.
Pero todo tiene su ciclo.
La vejez volvió a avanzar.
Ya no retenía la orina, sus órganos empezaban a apagarse, y el tiempo… se agotaba.
Lo dábamos vuelta cada rato, corríamos sus mantitas porque se hacía pis, le acercábamos el agua, la comida.
Flaquito, sin aliento, seguía luchando por estar.
Homero nos vio despedirnos uno a uno.
Vio irse a mis hijos, dejando la casa para construir sus propios caminos.
Y quedamos solos.
Ese nido vacío que, a veces, esperamos con ansias… pero cuando llega, no sabemos bien cómo fue que pasó tan rápido.
Crecieron. Maduraron. Y Homero, siempre ahí.
Fiel. En silencio. Hasta el final.
El tiempo pasaba y ya no era digno para él seguir así. Sufría.
Y entendí que no es justo, ni por amor ni por egoísmo, retener con vida a alguien que ya no puede estar.
Decidimos dormirlo un viernes.
Era jueves, y mi mente ya analizaba todo. Imaginaba escenas. Finales.
Pero como si supiera… decidió partir antes.
Aquella tarde, yo estaba dando clases. Terminé a las 16:00 y fui a verlo. Me acerqué con calma, como tantas veces.
Lo noté diferente. Respiraba mal.
Le apoyé la mano al costado, suave, para que sintiera que estaba ahí.
Respiró hondo una vez… otra… y a la tercera, ya no volvió a inhalar.
Me esperó para irse.
Quiso despedirse conmigo.
Y juntos… lo dejé partir.
Lloro al recordarlo. Pero sé que se fue en paz.
Homero fue un perro feliz.
Vivió una vida llena de amor, de juegos, de hogar.
Sintió cada cosa que vivimos como familia.
Hoy descansa en nuestro patio, bajo tierra.
Pero su alma…
Su alma está en todos lados.
Y su recuerdo, en nuestros corazones.
No hay más que decir.
Solo:
Gracias, Homero querido.
Y perdón si en algún momento fallamos.

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