El espejo de los otros: cuando lo opuesto nos refleja
El espejo de los otros: cuando lo opuesto nos refleja
Siempre me ha llamado la atención cómo algunas personas buscan el bullicio, la multitud, los destinos turísticos llenos de vida y ruido. Mientras que yo, en cada viaje, encuentro paz en las playas tranquilas, en los senderos menos transitados, en los amaneceres solitarios.
A veces me he preguntado: ¿por qué ellos buscan lo contrario? ¿Por qué disfrutan de lo que a mí me agota?
La respuesta no es tan simple, pero hay algo claro: los otros son nuestro espejo.
¿Qué nos muestra quien elige lo contrario?
No siempre nos detenemos a analizarlo, pero cuando algo nos genera curiosidad, incomodidad o incluso nos hace dudar de nuestras propias elecciones, es porque toca algo dentro nuestro.
Las personas que buscan la euforia y la multitud tal vez reflejan una parte de mí que alguna vez intentó encajar en esos espacios y no se sintió cómoda. O quizás, me muestran una energía que no reconozco en mí, pero que en algún nivel admiro o me gustaría explorar.
En cada viaje veo parejas sacándose selfies con cientos de personas alrededor, amigos riendo en bares repletos, viajeros buscando lo más popular de cada ciudad. Y me pregunto si mi forma de disfrutar es tan válida como la suya. ¿Debería buscar lo mismo? ¿Me estoy perdiendo de algo?
La trampa de la comparación
Por mucho tiempo sentí que debía justificar mi manera de viajar. “No me gusta la multitud”, “prefiero la tranquilidad”, “me siento mejor en la naturaleza”, decía casi como si tuviera que explicar mi elección. Pero en realidad, no hay nada que justificar.
El viaje es una experiencia personal. Lo que me hace bien, está bien.
Así como algunos encuentran energía en el bullicio, yo encuentro plenitud en la calma. Ninguna opción es mejor que la otra. Son simplemente formas distintas de experimentar el mundo. Y todas son válidas.
Aceptar nuestras diferencias sin conflicto
El desafío no es solo aceptar que los demás disfrutan de lo contrario, sino también entender que no tenemos que encajar en ese molde.
Si mi viaje perfecto es perderme en una playa casi vacía, si disfruto más un atardecer en silencio que una fiesta, eso no significa que algo esté mal en mí. Significa que me conozco. Que sé lo que me llena. Y que puedo respetar y aceptar que otros encuentren su felicidad en otro ritmo de vida.
Cuando logramos soltar la necesidad de justificar lo que nos hace bien, el viaje se vuelve más liviano. Y ahí está la verdadera libertad.
¿Y vos? ¿Te has sentido alguna vez en este dilema? ¿Te comparaste con quienes disfrutan lo opuesto a vos?
Si alguna vez te preguntaste si tu manera de viajar es la “correcta”, recordá esto: el mejor viaje es el que resuena con vos.

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