Cuando las emociones no tienen nombre


 

Cuando las emociones no tienen nombre

A veces, nos encontramos en un estado que no es ni alegría ni tristeza, sino algo en el medio. Un espacio donde las emociones parecen suspendidas, como si el tiempo corriera sin dejar huella. Eso es lo que sentí últimamente: una neutralidad emocional difícil de explicar.

Me di cuenta de que mi mente suele tomar el mando, analizándolo todo, buscando respuestas y certezas. Y en medio de tanto pensamiento, las sonrisas espontáneas parecían haberse escondido. ¿Cuándo fue la última vez que reí sin motivo? ¿Cuándo dejé de permitirme sentir sin cuestionarlo?

Pero la vida siempre encuentra formas de traer luz. Cada vez que veo a mis nietos, cuando bailo folklore o cuando me detengo a contemplar un paisaje hermoso, siento algo distinto. Esas son mis pausas de felicidad genuina, momentos donde la mente se calla y el corazón habla.

Por mucho tiempo, llorar me pareció una debilidad. Me vestí de fortaleza para enfrentar la vida, para sostener a mis hijos y atravesar cada desafío. Pero en ese intento de no quebrarme, fui soportando mis emociones. Incluso hoy, demostrar afecto me resulta un desafío. No porque no ame, sino porque el miedo a mostrarme vulnerable todavía susurra en mi interior.

La culpa también sigue presente. La siento cuando pienso en mi rol como madre, cuestionándome si hice lo suficiente. Y la siento cuando recuerdo a mi papá, quien decidió partir por propia voluntad. A veces creo que lo superé, pero sé que el árbol genealógico guarda memorias que piden ser sanadas.

"Hice lo que pude en el momento que pude y con las herramientas que tenía."

Esta es la frase que elegí para recordarme cada vez que la culpa golpea la puerta. Porque es verdad. Fui una madre que dio lo mejor de sí en circunstancias difíciles. Y aunque el dolor de la pérdida de mi papá sigue ahí, también sé que el amor no se termina con la despedida.

Si pudiera verme desde afuera, le diría a esa mujer valiente que ya no necesita cargar con tanto. Que los días de lucha por la supervivencia quedaron atrás. Que la escasez y las relaciones tóxicas ya no tienen lugar. Ahora es tiempo de cosechar lo sembrado, de abrir los brazos a la alegría sin miedo a que se escape.

Le diría:

" Merecés mirarte con amor, dejar de juzgarte y abrazar todo lo que Sos. Aprendé a valorarte sin condiciones."

Hoy estoy en ese camino. Un paso a la vez, recordándome que cada emoción es válida, que soltar el control no es perderme, sino encontrarme. Y que vivir desde el amor —hacia los demás y hacia mí misma— es la mayor sanación que puedo ofrecer a mi historia.

¿Y vos?

¿Alguna vez sentiste esa neutralidad emocional? ¿Qué te dice tu diálogo interno cuando aparece la culpa o el miedo? Te invitamos a hacerte estas preguntas y, si lo sentís, a compartir lo que surja. A veces, poner en palabras lo que llevamos dentro es el primer paso para empezar a sanar.

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